martes, 13 de marzo de 2012

Dotando de naturalidad al machismo... neomachismo

 
 
 
 
 
Nunca pensamos que cuando nuestra democracia se fundamentó,(porque esta fundamentada) entre otros principios, en la libertad y la igualdad, nos iba a ser más difícil hacer a esta última efectiva y, sin embargo, el miedo a la libertad del que escribió Erich Frömm no era nada comparado con el miedo a la igualdad, más generalizado y resistente. (y en esta ocacion no hablare de la Tolerancia, que aun es mas terrorifica)
 
Los que defendían "los valores" de la sociedad patriarcal, aunque lo razonaran de muy diversas maneras, eran calificados de machistas. Empezaron a estar mal considerados y fueron disminuyendo "de boquilla" los que así se denominaban; pero cuando la igualdad se va haciendo más plena comienzan a formular nuevos argumentos que, supuestamente, no la cuestionan, pero sí su forma de ejercicio, con ideas que, en ocasiones, llegan a parecer incluso "razonables". Parecen distintas de las de siempre aunque, en el fondo, desean lo mismo: la subordinación de las mujeres.
 
Miguel Lorente, en su libro denominado Los nuevos hombres nuevos. Los miedos de siempre en tiempo de igualdad, sostiene que el género masculino ha urdido nuevas tramas para defender su posición de poder, y éstas se basan en los supuestos problemas que la incorporación de la mujer a la vida activa ha tenido, sobre todo, en el ámbito de las relaciones familiares. A esta nueva estrategia la denomina posmachismo, por haber nacido, dice, en el contexto de la posmodernidad, y por haber mantenido desde su aparición una cierta distancia respecto a las posiciones clásicas del machismo o del patriarcado.
 
Sin embargo, y aunque me parece absolutamente correcto todo lo que argumenta, creo que es mejor denominar a esta nueva forma de pensamiento como neomachista, porque, cada día más, se está transformando en una nueva ideología que se va extendiendo y que se caracteriza, precisamente, por tener miedo a la igualdad. Es una nueva manera de sostener las posiciones machistas de siempre, pero con nuevos discursos y nuevos contenidos. Nadie se llama hoy abiertamente, por ejemplo, fascista, pero es evidente que hay una nueva manera de serlo, y a éstos se les denomina neofascistas.
 
El teléfono celular se ha convertido en un nuevo método para que los hombres controlen a sus mujeres, llamándolas y presionándolas para que regresen a casa lo antes posible. Puede que el machismo esté pasado de moda en el México actual, pero el control está definitivamente en boga.
Raramente se escuchan historias de hombres que no permiten a sus esposas estudiar, trabajar o salir de día. Casi el 40% de las mujeres en edad de trabajar tiene un empleo, el número de alumnos matriculados en colegios y universidades está dividido equitativamente entre ambos sexos, y el diferencial promedio de los salarios, en el que las mujeres ganan cerca del 70% de lo que ganan los hombres, es comparable al de las naciones industrializadas. Las mujeres están cada vez más conscientes de sus derechos y exigen un trato igualitario en el trabajo y en la política.
En estas condiciones, el machismo ha sufrido una mutación. Hoy en día, se basa más en el control y en la coerción psicológica que en la discriminación o en las restricciones físicas. En cierto sentido, el machismo ha pasado a la clandestinidad. Profundamente enterrado en nuestras costumbres cotidianas, es casi invisible en las clases educadas... invisible, pero siempre presente.
Es posible que en muchas áreas se considere a las mujeres como a iguales, pero los hombres siguen siendo más iguales. En México, las mujeres no son dueñas de su tiempo. Cuando salen, gastan dinero, ven a sus amigos y amigas, todavía se espera que rindan cuentas. Los padres, hermanos, novios y maridos se sienten con derecho a recibir una explicación detallada de sus actividades cotidianas, pero no aceptan que se les pregunte sobre las de ellos. En la casa, los hombres pueden decir «No me molestes, estoy viendo la tele», pero las mujeres no, pues se supone que deben de estar disponibles noche y día para su marido y sus hijos.
Estos dobles estándares forman un pilar del machismo actual. Por supuesto, es mucho más evidente en la intimidad del hogar que en el lugar de trabajo o en público. Las encuestas indican que los hombres están dispuestos a ir al supermercado o hacerse cargo de los niños por un rato, pero se rehúsan a planchar, a coser, a cortar las verduras o a limpiar el horno o el baño, debido a que estas tareas se consideran poco masculinas. Los hombres ayudan, pero dentro de parámetros rígidamente definidos.
Esta división del trabajo en todas las áreas de la vida significa que tanto los hombres como las mujeres siguen siendo sorprendentemente ineptos para las tareas asignadas al sexo opuesto. Vemos hombres educados que no saben cómo hacerse una taza de café y mujeres profesionales que no tienen idea acerca de cómo cambiar un fusible. Los hombres saben poco de bebés, las mujeres saben poco sobre cheques... porque no les corresponde. Así el machismo crea personas con sólo la mitad de las habilidades que requiere la vida moderna. Lejos de crear una complementariedad saludable entre los sexos, esto perpetúa la dependencia en ambos lados y da origen a una amplia y extendida ineficacia.
Parte del problema es el arraigado supuesto de que las mujeres están para atender las necesidades de los hombres. Desde el momento de su nacimiento, los hombres están rodeados por la constante atención de las mujeres. Se espera que las madres, tías, abuelas, hermanas y, después, las novias, esposas e hijas satisfagan, e incluso se anticipen, a cada deseo del hombre. Las madres dicen a sus niñas pequeñas que «atiendan» a sus hermanos, mientras que a los niños se les dice que «cuiden» a sus hermanas.
Estos mimos sin fin son acentuados por las sirvientas domésticas, desde el ama de llaves de la alta sociedad hasta la criada de media jornada de una familia de clase media. Las sirvientas, en efecto, son un bastión del machismo mexicano. Aunque permiten que las mujeres salgan y trabajen, aseguran que los hombres sigan siendo mimados como si fueran potentados orientales, sin levantar nunca un dedo en la casa. Donde las esposas e hijas hoy se rehúsan a dejar todo de lado para preparar el almuerzo del hombre de la casa, la criada es quien se hace cargo del trabajo extra.
Los alcances de estas actitudes y conductas van más allá de la esfera doméstica. Los niños mimados mexicanos crecen y se convierten en hombres acostumbrados a que los obedezcan al instante, que se creen con derecho a recibir atenciones especiales, que se niegan a negociar con quienes consideran inferiores y rechazan toda forma de crítica. Los hombres que dominan la vida pública a menudo se ajustan a ese molde: son demandantes, impacientes, intolerantes y egocéntricos.
Los neomachistas equiparan el feminismo con el machismo, tratando de crear confusión en algo que no puede tenerlo, porque pretenden cosas opuestas: éste la primacía del varón y aquél la igualdad entre mujeres y hombres. La diferencia es tan grande que no merecería la pena ni explicitarla, a no ser porque el neomachismo intenta confundir, para poder mantener mejor sus nuevas posiciones, encaminadas, como siempre, a cuestionar los derechos de las mujeres, su autonomía y la independencia ganada. No cuestionan, dicen, la igualdad, pero sí las consecuencias de su ejercicio; están en contra de la violencia de género pero manifiestan con reiteración, por ejemplo, que hay demasiados casos de denuncias falsas, sin añadir que, si así fuera, se estaría cometiendo un delito que hay que denunciar, como en cualquier otro caso.
 
Hay algún juez que da miedo por las cosas que dice -no quiero ni nombrarlo porque es lo que le gustaría-, pero existen, desgraciadamente, demasiados -también alguna mujer- teóricos del neomachismo que surgen diariamente y que tenemos que desenmascarar como hicimos con los machistas.
Consideran la igualdad como una amenaza, pero no para ellos sino para las relaciones sociales, y lo exacerban en lo más extremo: la violencia de género. El feminismo siempre ha sido ridiculizado y hoy, con nuevas formas, lo vuelve a ser con fuerza. Así, hablan de revancha de género, de feminismo resentido, dogmático o radical, sin más intención que la de volver a "demonizarlo".
Son manifestaciones de ese miedo a la igualdad que los neomachistas tratan de extender de diversas maneras: sacralizan, por ejemplo, la lactancia materna, culpabilizando a las madres que no pueden practicarla; hacen responsables a las mujeres de los problemas de los menores, con la teoría del "nido vacío"; y del aborto ni hablemos, parece que es un capricho de algunas. Ninguno de ellos dice que está en contra de la igualdad sino que, por el contrario, afirman que somos las mujeres las que estamos haciendo una sociedad con graves problemas de convivencia como consecuencia directa de nuestra necesidad de ser libres e iguales. Nunca entendieron que sin igualdad la libertad no existe, y que aquélla o es real o no es igualdad, y la democracia las exige ambas.
 
Las mujeres siempre hemos tenido que alcanzar cosas con las que los hombres ya nacían; nos relegaron al mundo privado y hemos ido conquistando -con muchos años y esfuerzo- parcelas de lo público, pero llevando siempre a cuestas la vida privada. Los hombres, que tenían destinado como propio el mundo público, lo han mantenido, y su incorporación al otro mundo lo está siendo en mucha menor medida, de ahí las resistencias a la igualdad que perviven -pese a lo mucho que hemos avanzado- sobre todo en los países desarrollados, porque en otros muchos todavía siguen con el burka, símbolo de la mayor de las discriminaciones que padecen las mujeres.
 
Tenemos que acabar con todos los burkas del mundo, sabiendo hacer frente con la misma contundencia a los viejos argumentos y a éstos más sutiles del neo-machismo.

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